LOS BURLADOS

Luego de colocar los siete lienzos y los óleos sobre la mesa, Joan fue a la cocina a prepararse un café. Mientras veía el líquido marrón caer dentro de su taza escuchó la corneta de un carro, lo que significaba que sus sobrinos habían llegado. Con su taza en la mano abrió la puerta principal de su casa y siete niños entre 4 y 8 años entraron, llenando la estancia de ruido. Luego de que el último niño entró, Joan saludó con la mano a la joven señora que había llevado a los niños en su minivan. La observó alejarse y no entró a su casa hasta que la camioneta no se perdió de vista al cruzar la esquina.
Sus sobrinos ya lo esperaban sentados en la gran mesa que contenía los lienzos y los óleos.
–¡Epa,niños! ¿Cómo están? –Los saludó alegremente.
–¡Bien! –respondieron los siete al unísono.
–¿Listos para una tarde con tío Joan?
–¡Síííí! –Exclamaron los niños y, Chris, el más pequeño aplaudió.
–Bueno,ya saben qué hacer, pueden empezar. Recuerden, pueden pintar lo que quieran, llénense las manos de pintura, mezclen colores… diviértanse.
Sin pensarlo dos veces, abrieron las pinturas y los lienzos se fueron llenando de distintos colores.
–¡Me encanta venir para acá, tío! Nuestras mamás no nos dejan hacer esto en la casa –Le comentó Andrés, que tenía seis años.
–Y a mí me encanta que vengan y se diviertan.
–¿Qué vas a hacer con nuestras pinturas, tío? –Le preguntó de nuevo el niño.
–Siempre te digo que las tengo en un cuarto secreto –Respondió Joan, que estaba recostado en el umbral de la puerta, observando a sus sobrinos pintar y saboreando su taza de café.
–¿Podremos verlas algún día?
–Quizás, Andrés, pero no lo creo. Ahora pinta, ¡anda!
Pasados unos minutos, Joan pasó de puesto en puesto viendo cómo iba quedando cada lienzo. Chris había decidido pintar una casita azul.
–¿Te gusta, tío? –Preguntó el niño.
–Sí, Chris, ¡muy bueno!
Joan prefería cuando sus sobrinos hacían dibujos más abstractos, pero estaba seguro que esa casita le serviría de todas formas, la titularía “Nostalgia”.
Al ver que pronto acabarían sus dibujos, Joan fue en busca de su caro bolígrafo de tinta china y fue firmando la esquina inferior derecha de cada lienzo con su nombre “Joan Muró”.

Una semana después, esos mismos lienzos, estaban en una famosa galería de arte, expuestos para su venta. La galería estaba llena de gente, y todos paseaban por los cuadros, admirados.
Joan conversaba con una señora de mediana edad, envuelta en un chal, que observaba uno de los cuadros a través de sus anteojos.
–Es una belleza, Joan. ¿Cuál es el título?
Joan miró el cuadro, era el que había pintado Patricia, su sobrina de cinco años. No había pensado en un título para él, pero, al ver que había un predominio del color azul marino, respondió:
–”Tempestad”.
–Ah, ¡claro! Lo veo… es como una tormenta. Aquí hablas de los sentimientos, ¿verdad? Porque no creo que hables literalmente de una tempestad.Hablas de las batallas que se desarrollan en el interior del ser humano, me parece.
Joan escuchaba esta interpretanción asintiendo y fingiendo esa alegría de ser finalmente comprendido por alguien.
–¡Exactamente, Rebeca! Tú siempre entiendes lo que quiero transmitir, es que de verdad tú tienes una mente… brillante, brillante –Respondió sarcásticamente, Joan, sin que la señora supiera lo que había detrás de ese comentario.
–De verdad que tienes un gran talento, Joan.
–Gracias, Rebeca –Respondió Joan sonriendo–. Todos tenemos el nuestro propio. El tuyo es tu capacidad de análisis, definitivamente –Agregó mientras hacía un gesto tajante con la mano.
Joan continuó caminando por la galería, al tiempo en que recibía halagos de distintas personas. Un joven vestido de negro se detuvo delante de la casita azul que había pintado el pequeño Chris.
“Aquí tengo a un sentimental” se dijo para sus adentros Joan mientras observaba al joven. “Apuesto todo a que comienza a llorar en tres… dos… uno”.
Una lágrima se deslizó por la mejilla del joven.
Joan sonrió burlonamente para sus adentros.
“No te digo yo, qué intensidad”.
Se le acercó al joven y le colocó una mano en el hombro.
–Despierta las emociones, ¿verdad? Me alegra ver que pude transmitir ese sentimiento de añoranza a alguien.
El joven asintió solemnemente y dijo:
–Sí, maestro. Asumo que aquí está hablando de la niñez perdida, de esa inocencia plasmada en un dibujo que, a primera vista es básico, pero, si uno observa bien, se ve un gran detalle en las pinceladas, y hay un tratamiento del color espectacular.
Joan se llevó una mano a la boca para evitar soltar una carcajada, mientras asentía intentando aparentar seriedad.
–¡Quiero comprarlo! –Exclamó el ingenuo joven en un arrebato de emoción.
–¡Genial! –Dijo Joan abriendo los brazos.
–¿Cuánto vale?
–Treinta mil –Respondió Joan, mientras recordaba a su sobrinito pintando la casita.
El joven se quedó pensando. Bajó la mirada y se llevó los dedos a los labios, absorto unos segundos en sus cavilaciones. Tras unos segundos, respondió resueltamente:
–Lo quiero –Tenía la actitud de alguien cuya decisión significaba el inicio de un gran acontecimiento–. Esta obra lo vale. Es una gran expresión de lo que es el arte en su rol comuniticativo y sentimental. Cómo las pasiones son canalizadas por un mensaje que se quiere dar.
–Pues es tuyo –interrumpió Joan Muró sonriendo, antes de que el joven se extendiera más-. Uno de mis asistentes se encargará de la venta.
Esa noche, Joan estaba solo en su casa. Sentado en su sillón con una copa de vino en una mano y su bolígrafo en la otra. Miraba al vacío, sonriendo mientras hacía rozar el bolígrafo con su cara moviéndolo de arriba hacia abajo. Salió de sus pensamientos y observó el bolígrafo. Volvió a sonreir y dijo en un suspiro:
–El poder de una firma…
Guardó el bolígrafo en el bolsillo de su camisa y se fue a dormir, muy tranquilo.

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ESTRÉS HISTÓRICO: EL PRIME VIAJE DE COLÓN

 

 

1 de octubre 1492

 

Ni rastros de tierra, todo es agua a nuestro alrededor. La tripulación continúa con su comportamiento agresivo. Hoy Antonio se lanzó por la borda. Rodrigo asegura que ve el horizonte cada vez más cerca y que caeremos por una cascada hacia el infierno. Yo creo que su mente le está jugando trucos… Espero… Rezo, la verdad… Dentro de poco me tocarán la puerta para quejarse de la falta de comida y de ron, y todo será como siempre: les diré que llegaremos mañana rogando por que me vuelvan a creer. Sé que todos estos malandros están arrepentidos de haberse embarcado en este viaje, espero que todas estas dificultades valgan la pena…

 

Cristóbal Colón suspiró y dejó la pluma sobre la mesa. Al escuchar un golpe en la puerta, cerró los ojos,  masajeó su frente un par de veces y preguntó:

–¿Diga?

–Capitán, tenemos una queja –se escuchó al otro lado de la puerta. 

–No me digas… llevan mes y medio quejándose… –dijo Colón para sí mismo– ¡Ya te atiendo, marinero! –exclamó esta vez alzando la voz. 

 

Por lo menos eso le quedaba, seguía siendo el capitán de la expedición.

 

Cristóbal Colón caminó hacia la puerta, lo pensó dos veces antes de girar la perilla. Qué difícil era enfrentarse a todos esos hombres. Salió…

 

Al verlo, Borja, uno de los marineros exclamó, con una botella de ron en la mano, a la que solo le quedaban dos dedos:

–Oleee, ¡el capitán salió, camaradas! ¿Entonces, capitán? ¿Cuándo llegamos? ¿Por qué no comparte su comida, mejor, con nosotros? Ya esta es la última botella de ron que queda… de aquí en adelante, me tocará sufrir esto sobrio, así que espero que comparta sus manjares.

Colón suspiró con hastío antes de responder:

–¡Qué manjares, Borja! Yo, como ustedes, como de lo que pescan Peña y Godín todos los días. Gracias, por cierto, marineros.

 

Peña y Godín hicieron una inclinación de cabeza, ellos eran los únicos que no se quejaban, junto con el padre Pío, que en ese momento se hallaba de pie junto a Colón. 

 

–¡Como sea, capitán! No me importa lo que usted coma, lo que quiero saber, como todos los que están aquí, es cuándo llegaremos a Lindia…

–¡India, Borja! ¡India! –Exclamó Colón perdiendo la paciencia–. No tienes derecho alguno a quejarte sin ni siquiera saber el nombre…

–¡Al diablo con el nombre! –exclamó Borja molesto, ya su botella estaba vacía– ¡Eres un idiota, capitán! ¡Nos trajiste…

 

Borja fue interrumpido por el padre Pío, el único capaz de controlar a la tripulación:

–Ofrecer el sufrimiento es una manera de enaltecer a Dios… –pero esta vez, ni el padre Pío pudo con el desespero de la tripulación:

–¡Cállese anciano! –exclamó otro marinero– Ni Dios le perdonará a Colón esto que nos hizo…

 

 

Y así era todos los días… pero cada vez peor…

 

Diez días iguales después, Colón estaba de nuevo en su camarote, escribiendo.

 

11 de octubre 1492

 

Juro ante mí mismo que si en una semana no pisamos tierra, seré el siguiente en lanzarse por la borda. Del Toro se lanzó hoy, una lástima, era el que limpiaba los pisos. La falta de ron ha representado un gran problema, ya ninguno duerme en las tardes debido a la borrachera, entonces, en vez de dormir, rezongan y se vuelven cada vez más agresivos, por supuesto… El padre Pío continúa con la misma serenidad de siempre…

 

Cristóbal Colón miró por la ventana y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios…

 

El único consuelo que tengo son las noches, el silencio, la oscuridad y las estrellas… –Escribió.

 

–Me estoy poniendo intenso –se dijo a sí mismo. Vio el reloj, en una hora exactamente sería doce de octubre.

 

Esa noche no pudo dormir… Cristóbal Colón salió de su camarote, el único despierto era Borja que, apoyando su codo en la baranda veía hacia la nada. Colón decidió acercársele, quizá la noche lo había cambiado.

 

–Bonita noche –dijo Colón ya a pocos pasos del marinero.

Borja salió de su ensimismamiento y se limitó a responder con un movimiento de cabeza. Colón se acercó también a la baranda y se dispuso a ver hacia el horizonte. Así estuvieron varios minutos…

 

–Solo le voy a decir una cosa, capitán –dijo Borja de repente.

 

Colón encaró al marinero preparado para escuchar la retahíla de insultos de todos los días. Lo que escuhó, le sorprendió:

–Yo sí creo que llegaremos, eso de que al final hay una cascada con un monstruo es una estupidez, pero, algo me dice que no llegaremos a la India precisamente.

 

Colón sonrió.

 

–¿Qué? ¿Crees que nos toparemos con un obstáculo? No, Borja… Llegaremos a la India porque sí… solo espero que pronto.

–Eso no lo sabemos, capitán… no vivimos en la luna para saber cómo es la tierra en su totalidad. 

Touché –dijo Colón.

 

Horas después, mientras dormía de nuevo en su camarote, Colón fue despertado por un grito. Se incorporó de golpe y aguzó el oído… pues no había entendido bien. La voz de Rodrigo volvió a exclamar:

–¡Tierra! ¡Tierra a la vista! ¡Ole! ¡Tierra, gente! ¡Tierra, hombre! ¡Saquen el ron! ¡Cierto! ¡No hay! ¡Qué importa! ¡Seguro en la India tienen! ¡Tierra! ¡Wujujujujú! ¡Mi madre!

 

Un sentimiento de profundísimo alivio fue lo primero que invadió a Colón mientras involuntarias lágrimas se deslizaban por su faz. Rio con ganas escuchando a Rodrigo de Triana. Salió del camarote, ya gran parte de la tripulación estaba afuera, todos celebraban. Borja permanecía aparte, sonriendo, mientras veía, como los demás, hacia lo que pronto sería bautizado por Colón como San Salvador. Colón se le acercó:

–Ahí está su India, capitán –le dijo Borja.

–Así es, Borja… O, como dices tú, puede ser algo más…

 

LA INFIDELIDAD A VULCANO

Este cuento narra la infidelidad de la diosa Afrodita a su esposo Vulcano con el dios Ares. Los dioses aquí recreados tienen un acento venezolano y siento que este cuento es algo machista. Se lo digo para que no los agarre de sorpresa al leerlo, espero que les guste 🙂

LA INFIDELIDAD A VULCANO

 

El calor de las brasas era casi intolerante, tanto que, de no ser inmortales, ya habrían sucumbido ante él. Vulcano, con la ayuda de tres cíclopes, forjaba un escudo inverosímilmente resistente y esplendorosamente hermoso para Aquiles, que pronto saldría a batallar, totalmente encolerizado contra los troyanos, especialmente contra Héctor, que había asesinado a su amigo Patroclo. La verdad es que Vulcano no sentía mucha simpatía por Aquiles, lo encontraba malcriado e inconsecuente, pero el favor de hacer el escudo se lo había pedido la madre de Aquiles, Tetis,  y no pudo negarse ante su mirada de miedo y súplica. 

 

Otra de las razones, quizás la más importante por la que Vulcano no sentía ningún tipo de aprecio por Aquiles, es porque lo consideraba una amenaza. Vulcano era esposo de Afrodita, la diosa más bella del Olimpo, y él, lamentablemente era el dios menos agraciado de todos, desde el día en que Zeus lo había lanzado de la cima del Olimpo como castigo por haber estado de parte de Hera en un pleito marital entre Zeus y ella. Por ser un dios, Vulcano era inmortal, por supuesto, eso significa que no murió por la caída, pero el pobre quedó bastante maltrecho y, como decía él “exteriormente indigno de su esposa”, de la cual temía que, en cualquier momento, se enamorara de alguien más, ya fuera dios o humano. Sin embargo, Afrodita nunca había dado muestras de estar interesada por alguien más, y ese hecho le daba a Vulcano algunos minutos de serenidad.

 

Totalmente concentrado en la decoración del escudo, en el cual representaría una cosmogonía del mundo griego, Vulcano no sintió cuando el dios Hermes abrió la puerta y se plantó en medio del taller. Uno de los cíclopes exclamó, intentando sobreponerse al ruido de la sala, “¡Vulcano!” y, al tener la atención del dios, le hizo un gesto con la cabeza para que este se volteara. Vulcano giró la cabeza y vio a Hermes. Antes de levantarse, desvió su rostro del campo visual de Hermes y exhaló un suspiro de fastidio. Hermes siempre traía noticias inútiles y no era el dios más inteligente. Vulcano se levantó y le hizo a Hermes un gesto con la mano para que este revelara la noticia que había traído. 

 

Hermes no sabía cómo empezar. Se aclaró la garganta e hizo una pregunta:

–Vulcano… ¿Conoces al dios Ares?

Definitivamente Vulcano perdía la paciencia con Hermes…

–¡Por supuesto, Hermes! ¡Todos vivimos aquí en el Olimpo! Dime ya, estoy haciendo una armadura que me pidió Tetis.

Hermes decidió soltar la noticia:

–Pues Ares y tu esposa Afrodita están teniendo un romance, Vulcano.

 

Los tres cíclopes que estaban en el taller dejaron su trabajo y se acercaron a donde estaban Hermes y Vulcano para escuchar mejor la historia. Vulcano se dio cuenta y de manera histérica les pidió que volvieran a sus oficios. Los cíclopes obedecieron pero continuaron trabajando de manera silenciosa, por si Hermes decía algo más. Vulcano lanzó una pieza de bronce contra la pared y luego golpeó la mesa. Salió del taller sin decir nada fue corriendo a su casa. En el camino se encontró a Atenea que, adivinando a lo que iba, lo animó a que acelerara la marcha, porque Ares se iría en cualquier momento.

“Por supuesto… todo el Olimpo sabe menos yo, por supuesto. Yo, como siempre, haciendo el papelón”.

 

Llegó a su casa y, sin hacer ruido, llegó hasta la puerta de su cuarto. Antes de abrir, suspiró con tristeza…

 

Ahí estaban, efectivamente.

Ares lo vio primero y, para más rabia de Vulcano, no hizo sino sonreir y levantarse, mientras Afrodita se escondía debajo de las sábanas. Vulcano se había llevado consigo una herramienta, la cual estaba dispuesto a lanzarle a Ares. Al darse cuenta de las intenciones de Vulcano, Ares lo detuvo y le dijo:

 

(imaginar voz de Johnny Bravo)

 

–Tranquilo, mi pana, tranquilo… ella te ama, es solo que a veces hay que ir con el flow, ¿entiendes? Oye, estás casado con la diosa más hermosa del Olimpo… No creerías que te sería fiel toda la eternidad… mírate, papito, estás vuelto nada desde que Zeus te lanzó a la tierra, ¿quién no te sería infiel? Ni Atenea lo lograría y ella es la forever virgen.

 

Vulcano escuchó ese discurso idiota sin inmutarse. Hizo como si le fuera a lanzar la herramienta a Ares, pero lo que hizo fue lanzarla a su cama, sin herir a Afrodita, y quedó clavada en el colchón. Luego, miró a Ares a los ojos y habló con genuina serenidad:

–Ares… te voy a decir algo: yo a ti te detesto. Siempre. Y, ¿sabes qué? Ni siquiera es tanto por esto, siempre supe que Afrodita me saldría con algo. Te detesto porque eres bruto, detesto tu voz, detesto todo lo que haces… y, no, no es envidia, Ares… simplemente eres insoportable, hablas como si fueras un galán de taguara de Tebas. Lo único que tienes de dios es la fuerza y la inmortalidad. Eres una vergüenza de dios, la verdad. Sal de mi casa y llévate tu flow y tus discursos al Hades. Yo arreglo las cosas con mi esposa. Te ordeno que te vayas ya.

 

–Lo que tú digas hombre, es tu casa… y yo respeto las casas ajenas.

– Se nota…

 

Ares, abandonó la habitación y Vulcano y Afrodita se quedaron solos. 

Afrodita, al sentir la puerta cerrarse, retiró la sábana de su cara y se encontró con el rostro molesto, decepcionado y muy triste de su esposo. Le dedicó una sonrisa inoportuna e involuntaria, pues no sabía cómo reaccionar, y soltó un comentario, aún más inoportuno (hasta los dioses meten la pata cuando están nerviosos):

–Bueno, Vulcano… creo que esto pasará a la posteridad como uno de los “chismes de los dioses griegos” y créeme que te harás famoso por esto…

Vulcano no hizo más cerrar los ojos y respirar hondo:

–Yupi… qué alegría, Afrodita, saber que se pintarán cuadros y se escribirán cuentos de esto. No sabes, no puedo con la emoción. Es más, agradezco tu infidelidad, me traerá una fama envidiable en la posteridad… Limítate a llorar y a pedir perdón, mija… y métete en clases de oratoria, me haces el favor.

 

LA BIENVENIDA

Ansiosa por alcanzarlo, Paula lo asió por la túnica mientras corría haciendo que cayera sobre un rosal sin espinas. Ella se le adelantó corriendo y volteó para dedicarle una sonrisa de triunfo. Roberto exhaló un suspiro y, sin dejar de sonreir, se levantó y volvió a correr. Paula se dio cuenta que Roberto estaba de nuevo muy cerca de ella y se puso delante de él para bloquearle el camino. Corrían hacia las puertas de entrada, en cualquier momento llegaría Cristóbal y ambos querían ser el primero en recibirlo y abrazarlo.

–¡Ni en sueños, anciano, será usted el primero en abrazar a Cristóbal! –Exclamó Paula aún corriendo, y se echó a reir.

–¿Anciano? Pero si tú viviste más años que yo –dijo Roberto desde atrás intentando alcanzarla.

–Puede ser –concedió Paula desacelerando el paso– pero yo nací en 1990 y usted en 1938. Así que, entre usted y yo, ¿quién es el más viejo?

–Usted, señora, porque yo morí a los setenta años y usted a los setenta y seis. ¡Ja!

–Claro. Pero yo nací cincuenta y dos años después que usted, yo soy más de esta época. 

 

Hubieran continuado corriendo si no es porque porque detrás de un árbol de mango aparecieron caminando y conversando apaciblemente, Juan Pablo II, Andrés Bello y la actriz Grace Kelly que los vieron acercarse a toda velocidad. Paula y Roberto se detuvieron y saludaron.

–¿Cuá es la prisa? –les preguntó Grace Kelly– si no es porque estamos Aquí, me asustaría pensando que cualquiera de los dos podría sufrir un infarto en cualquier momento.

–Mi esposo acaba de morir –respondió Paula, y su sonrisa, que nunca desaparecía, se ensanchó aún más.

–Qué dicha  –opinó Bello– ¿Cómo murió?

–En un asalto –respondió Paula tranquilamente–. El muy terco no quiso entregar el reloj porque se lo había regalado yo, “mi difunta esposa” dijo. A los ladrones no les valió de nada ese sentimentalismo y le dispararon en el pecho. Debe llegar en cualquier momento. 

 

Cuando Paula dijo “dispararon” Juan Pablo II hizo una mueca de dolor. Roberto se dio cuenta y lo tranquilizó diciendo:

–La muerte fue instantánea, expapa, así que no sufrió mucho.

–Qué providente –se adelantó a decir Grace Kelly– Debes estar muy feliz, Paula. ¿Hace cuántos años moriste tú?

–Cinco –respondió Paula– Y, aunque he estado infinitamente feliz aquí, debo decir que volver a verlo y abrazarlo me emociona muchísimo.

–Y, ¿sabes cómo están tus hijos? –volvió a preguntar Grace Kelly.

Paula respondió que justo antes de empezar a correr se había asomado a la Tierra desde una nube:

–Ya se están encargando de todo. Están muy tristes, pero estoy tranquila. Andrés, el menor,  ya tiene cuarenta años, y todos están casados con matrimonios bastante estables. 

–¿Y sí crees que tu esposo llegará en seguida? –preguntó Juan Pablo II.

–¿Cristóbal? ¡Si el era un santo! Es más, yo no entiendo cómo llegué al Cielo primero que él. Cierto que morí antes, pero es que él era tan bueno que siempre creí que mi purgatorio sería casi eterno comparado con el suyo y que él terminaría llegando primero.

Los ojos de Paula se iluminaron y agregó:

–Es que sigo sin entender cómo alguien así se enamoró de mí –. Su voz se quebró. Grace Kelly le sonrió. Andrés Bello cortó el sentimental momento preguntando, por curiosidad:

 

 –Ahora, ¿por qué la carrera?

 

Paula y Roberto se miraron y soltaron una ruidosa carcajada. 

–¡Es que los dos queremos ser el primero en recibir a mi esposo! –Respondió Paula haciendo énfasis en el “mi”. 

–Exacto, mi exalumno acaba de morir y quiero ser el primero en saludarlo –agregó Roberto, haciendo también énfasis en el adjetivo posesivo.

 

Andrés Bello opinó que Roberto tenía que ser el primero en recibir y saludar a Cristóbal:

–Estoy seguro que tu esposo, Paula, fue el hombre que amaste gracias a que Roberto le enseñó muchas cosas. Además, yo que fui profesor te puedo decir que el cariño que les tomamos a los alumnos es inmenso.

–Bobadas, Andrés –interrumpió Grace Kelly a Andrés Bello– No hay amor más grande que el que existe en una pareja de casados. Por supuesto que tiene que ser Paula la que abrace primero a Cristóbal.

–Pero –comenzó Bello, que amaba una discusión argumentativa–, asumo que Roberto conoció a Cristóbal primero que Paula. Solo por algo tan obvio como las matemáticas, Roberto debería saludarlo primero.

–¿Matemáticas? Andrés Bello, por Dios, estamos en el Cielo, ¿qué matemáticas ni qué matemáticas? –Luego, dirigiéndose a Paula y posando la mano en su hombro, Grace Kelly agregó– Paula, tú debes saludarlo de primera. Fuiste su esposa.

–Tengo una idea, ¿por qué no le preguntamos al expapa?… Juan Pablo, ¿quién crees que debe saludar primero a Cristóbal? –Preguntó Bello a Juan Pablo II.

 

El alma de Juan Pablo II sonrió y dijo encogiéndose de hombros:

–¿Qué tal si decide Cristóbal?  Total… aquí en el Cielo no hay envidia, celos ni reconcomios… poco importará a quién salude primero. 

 

Paula y Roberto se miraron y acordaron que eso era lo más razonable, sin embargo, al segundo siguiente, la melodía de bienvenida a una nueva alma bieneventurada resonó en todos los rincones del Paraíso y  vieron a la Virgen María dirigirse, seguida de una cuadrilla de ángeles, a la puerta de entrada. Paula y Roberto olvidaron el acuerdo y echaron a correr.

 

Si no es porque estaban en el Cielo, hubieran llegando sudando y jadeando. Lograron colocarse en la primera fila de los que recibirían al recién fallecido. Y ambos soltaron una exclamación de júbilo cuando las puertas se empezaron a abrir…

 

Seguido de una luz cegadora, el alma de Cristóbal apareció sonriendo acompañado por Ignacio, su ángel de la guarda. Cristóbal, antes de que Paula y Roberto pudieran reaccionar, los abrazó a ambos mientras exclamaba:

–¡Por fin!  

Cristóbal los soltó y dio un paso hacia atrás para verlos mejor. Tomó la mano de su esposa y posó su mano libre en el hombro de Roberto. Sus ojos brillaron y dijo:

–Sabía que cuando se conocieran se llevarían bien. 

–Hablamos mucho de ti mientras te esperábamos… No puedo creer que hayas muerto en un asalto, por un reloj.

Roberto soltó una corta risa nasal y levantó su muñeca izquierda, por supuesto, no había reloj. Se encogió de hombros y dijo como si nada:

–Creo que, inconscientemente, no me importaba morir, te extrañaba demasiado… inconscientemente… no es que tuviera deseos suicidas…

–Te entendemos –dijo Roberto– Pues… bienvenido, Cristóbal.

Roberto se apartó y Cristóbal vio el Paraíso por primera vez.

–Te va a encantar –le dijo Paula.

Cristóbal permaneció unos segundos en silencio, observando el que sería su hogar por el resto de la eternidad. Luego vio a las dos personas a las que más quería y una sonrisa que nunca desaparecería se dibujó en su cara. Los tres entraron y comenzaron a ser felices.

TRES HUMANISTAS ENLOQUECIDOS

Esto es lo que pasa cuando un escritor, una cantante y un historiador se quedan encerrados en un apartamento  de una habitación, con una cama, gracias a  un huracán de nombre bíblico:

 

Las primeras dos noches, Cordelia, la cantante, logró imponerse basándose en su condición de dama. Sin embargo, el encierro logró que estos tres personajes olvidaran las normas de educación impuestas por la sociedad y la regla que terminó por imponerse fue la milenaria supervivencia del más fuerte. Lograba dormir en la cama quien se acostara en ella primero.

 

–Llevamos seis días en este claustro y no se ve más que niebla por la ventana… Qué bríos –Dijo el escritor acercándose a la ventana, luego, otorgándole cualidades de persona al huracán se dirigió a él con un apóstrofe:

–Oye, Isaac, ¡vete ya! Además, eres una vergüenza de desastre natural, lo único que has hecho es molestar la paciencia, porque ni un árbol te has llevado.

 

El historiador salió de la cocina con una lata de atún en una mano y una cucharita de café en la otra, observó al escritor mientras  increpaba al viento y, cuando este volteó porque se supo observado, le dijo:

–Anda, Pastor, sigue retando al huracán. Pareces Bolívar en 1812. 

Pastor, el escritor, obvió el comentario de su compañero y le preguntó si ese era su almuerzo. 

Armando, el historiador, a modo de respuesta, abrió la lata y comenzó a comer.

–Así que, Cordelia, con ese cuento de que ya no somos Neandertales, se ha negado a hacer el almuerzo –asumió Pastor.

Con la boca llena, Armando negó con la cabeza, luego, se llevó una mano a los labios para poder hablar antes de tragar sin que su amigo le viera la comida:

–No es por eso, Pastor, es que está ocupada.

–¿Ocupada en qué? Estamos aquí en un cautiverio inútil.

–Te juro que está ocupada, Pastor, está encerrada en el baño cantando en ruso.

 

Pastor lanzó a su compañero una mirada incrédula y, en ese segundo, apareció Cordelia cantando:

Raskinulis nashi lesa i polia

 

Armando miró a Pastor y levantó una ceja queriendo decirle “te lo dije”, antes de darle otra probada a su atún.

 

Cordelia entró a la cocina, aún cantando en ruso y se preparó un huevo frito de almuerzo. 

Mientras el aceite explotaba en el sartén, Cordelia continuaba cantando, con bastante sentimiento cabe decir, y sin tener idea de lo que decía:

Odna ty na svete! 

 

Pastor se acercó a ella y le preguntó, en un tono de voz bastante alto:

–Se puede saber, ¿qué incoherencia estás cantando?

Cordelia dejó de cantar y lo miró sin pestañear. Sin responder a la pregunta, dijo:

–Ya que estamos aquí encerrados, hay que aprovechar el tiempo, ¿no?

–Ah claro, pasas una semana encerrada por un huracán, y la mejor forma de aprovechar el tiempo es cantando en otro idioma.

Cordelia se encogió de hombros y se fue a la despensa a buscar la sal. 

 

Lo gracioso es que cada uno, a su estilo, había perdido el juicio, pero no lo notaban en ellos mismos, sin embargo, a la hora de criticar al otro, recobraban la cordura, pero solo por los minutos que durara la crítica. El siguiente en ser criticado fue Pastor, he aquí lo que ocurrió:

 

–Quiero que lean esta nueva historia que escribí, creo que puede ser un éxito.

 

Pastor le pasó a Armando, el historiador, unas hojas y le pidió que leyera en voz alta. Llamó a Cordelia, que entró en la sala con un largo vestido de tela de franela y una toalla en la cabeza, se acababa de bañar. Pastor le indicó que se sentara y, con un gesto con la mano, le pidió a Armando que comenzara a leer:

 

“En un lugar de La Mancha, cuyo nombre nunca me enseñaron en Geografía en el bachillerato, solo se comía pasta cuatro quesos y la gente se bañaba con jabón líquido…”.

–Pastor, ¿qué es esta tontería? –Le preguntó Armando interrumpiendo su lectura.

–¡Sigue leyendo! –fue todo lo que dijo Pastor. 

Armando devolvió su mirada al papel y leyó:

–“Un amanecer, una joven con cabeza de vaca regó una flor que se convirtió en un rinoceronte hormonal…”. ¡Pastor! Me niego a leer esto.

 

Pastor le arrancó bruscamente de las manos las hojas a Armando, luego, dirigiéndose a Cordelia, le preguntó su opinión. Cordelia permaneció unos segundos en silencio, buscando una respuesta educada, como no encontró ninguna, habló con la verdad:

–El encierro te tiene la cabeza loca, amigo mío. Esa historia no gana ni un concurso de cuentos colegial. 

–Por lo menos entiendo lo que escribo, y no  me pongo a leer la constitución Polaca en polaco, por ejemplo.

Cordelia entornó los ojos y se fue al baño, cantando en ruso de nuevo, por cierto. 

 

Esa noche, los tres cenaron en la mesa, comían papa con sal. Para romper el silencio, Armando preguntó algo que lo había tenido preocupado durante todo el día:

–Pastor, Cordelia… si Rómulo Gallegos y Rómulo Betancourt hubieran jugado ajedrez, ¿quién habría ganado? Eso me tiene intrigado y creo que es una duda que se debe resolver. El país nunca saldrá adelante si eso continúa siendo un misterio. ¿Cuál Rómulo hubiera ganado en ajedrez? 

 

Cordelia se limitó a continuar masticando y a lanzar una mirada de extrañeza a Pastor, que dijo para burlarse:

–Creo, Armando, que primero hay que deducir qué piezas habría jugado cada quien. ¿Gallegos hubiera sido las piezas blancas o las negras?

–Tienes razón, Pastor. Quizá Gallegos dejó pistas de eso en su obra literaria. Tú, que eres escritor, deberías leerlas todas y buscar pistas… Pues sí… otra cosa que no me deja dormir: ¿los hermanos Monagas tendrían una tarjeta de presentación conjunta tipo “hermanos Monagas” o tendría cada uno la suya?

 

Cordelia, para seguirle el juego, le comentó a Armando:

–Probablemente el himno de Acción Democrática guarda la clave de lo que preguntaste antes sobre el ajedrez: “Adelante a luchar milicianos(…) sin señor, sin baldón sin tiranos, con la paz, con la ley, con la acción”. Ahí debe estar la respuesta. Anda, Armando,resuelve eso, el país ya no puede más con la duda.

 

Y así se iba rotando la locura en ese forzado cautiverio que impuso un huracán de nombre bíblico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA CARTA TRAS LA PINTURA

Todos los integrantes de la familia Andrews mostraban con orgullo el cuadro de la sala. Se trataba de una gran pintura que ocupaba toda la pared y había pasado por todos los primogénitos de la familia Andrews desde que había sido pintado. Nadie sabía cómo había llegado a manos del primero, se creía que era un regalo del pintor… En ese cuadro estaban representada una aristocrática familia del siglo XIX. Los padres aparecían en el centro esbozando una educada sonrisa; delante de ellos estaba su hijo menor y, junto a él, Gastón, el perro de la casa. Junto a su madre estaba Julia, la hija mayor, que sonreía con autosuficiencia y, al otro extremo, junto a su padre, estaba Susana. Llamaba la atención cómo su padre aparecía pasándole el brazo por los hombros. Al llegar a este detalle el señor Andrews hacía mucho hincapié en que se notara cómo la mano del padre apretaba con fuerza el hombro de su hija:

 

–Mira los pliegues de la manga y la tensión en la mano, ¿ves el blanqueamiento en los nudillos? Se ve que el pintor quiso que se notara que de verdad la estrechaba con fuerza. 

 

Otro detalle que llamaba la atención era que Susana aparecía mostrándole al espectador un retrato con la cara de un joven, mientras que con la otra mano, lo señalaba. Generación tras generación había sido transmitida la historia de que quien estaba representado en ese retrato que sostenía la joven Susana era el ascendiente Andrews a quien se le había regalado el cuadro. La expresión de Susana, contraria a la sonrisa inexpresiva o autosuficiente del resto de sus familiares, era de tristeza.

 

–Fíjate en su mirada –decía siempre el señor Andrews–. Fíjate en sus cejas, cómo están arqueadas hacia arriba. Mira su boca, sus labios están apretados y, acércate bien, no me importa si te tienes que montar en el sofá, ¿te das cuenta que está a punto de llorar? Mira incluso la frente, medio se le marca una vena y todo…

 

Si el invitado no era muy dado con el arte, la conversación no pasaba de allí, sin embargo, más de uno preguntó qué significaba el abrazo del padre, quién era el joven del retrato que sostenía Susana, por qué ella lo señalaba y por qué estaba a punto de llorar. Y era aquí cuando el señor Andrews pedía dos cafés e invitaba  a su visitante a que se sentara para así contarle la historia:

 

–La leyenda cuenta… –el señor Andrews siempre comenzaba con esta frase– que el joven que aparece en el retrato era el amor de Susana, y mi tátaratátarabuelo… Al parecer, no podían estar juntos, ve tú a saber por qué. El caso es que él decidió abandonar la villa donde vivía Susana para que así cada uno pudiera hacer su vida. Pues… te cuento que Susana se suicidó, apareció al día siguiente muerta en su cama ensangrentada con un gran cuchillo junto a ella. Un suicidio pasional estilo Romeo y Julieta. Este cuadro fue pintado luego de esa escena, la familia no posó para el cuadro. Es por esto que el padre aparece estrechando fuertemente a su hija, como no queriendo dejarla ir, mientras que ella muestra con tristeza el retrato de su amado, ¿qué te parece? Las cosas del arte son geniales, ¿verdad? 

 

A más de uno le parecía interesante esa historia, lástima que no era real. Pasaron varios años para que la familia Andrews descubriera la verdadera historia detrás del retrato que sostenía Susana y su triste mirada. 

 

Una madrugada, tras un temblor,  el señor Andrews lamentó que su querido cuadro se hubiera caído y el lienzo se hubiera desprendido del marco. El señor Andrews soltó una exclamación y le pidió a su hijo mayor que lo ayudara a levantar el marco. Nadie puede imaginar la sorpresa que experimentó el señor Andrews al descubrir un sobre que había estado siempre entre el lienzo y el marco. El señor andrews tomó el sobre ya amarillento y, sentándose en el sofá, les pidió a su esposa y a sus dos hijos que se sentaran también. 

 

Abró el sobre cuidadosamente y extrajo una carta escrita a mano. La carta había sido escrita el veintitrés de abril de 1816.  Antes de comenzar a leerla, se fue al pie de página y sus ojos brillaron al ver la firma del pintor. Pocas veces en su vida el señor Andrews había estado tan emocionado, sorprendido y feliz. Leyó la carta en voz alta:

 

Pocas personas sabrán la verdad sobre lo que sucedió, puesto que siempre sobrevive la mejor historia, aunque sea falsa. El siete marzo ocurrió un asesinato en casa de la familia Lievin, sí, un asesinato; no un suicidio, como se cree. La señorita Susana Lievin fue asesinada por el joven Bert Andrews, con quien mantenía una clandestina relación amorosa. La verdad, era amorosa solo en un sentido: por parte de ella hacia él. Los que conocemos a Bert desde siempre sabemos que él nunca amó a nadie. Bert siempre fue despreciable, probablemente simplemente estaba harto de la joven Susana y, por eso, decidió matarla. 

 

Esta desgraciada historia me lleva a explicar la pintura que en este momento debes estar observando. La señorita Susana Lievin aparece junto a su padre. Una especie de premonición le dice al padre que está a punto de perder a su hija para siempre, es por esto que la abraza con tanta fuerza. La expresión del padre no denota tristeza, toda la tensión está enfocada en la mano que aprieta el hombro de Susana. Susana aparece con un retrato del joven Bert, el cual señala con la otra mano. Aquí está diciendo “él fue quien me asesinó”. La expresión de Susana es triste, pues ya murió y nadie sabe la verdadera causa de su muerte. Ahora, fíjense bien en el ojo de Bert, verán retratado el momento del asesinato. 

 

–¡Cielo santo! ¡Es verdad! –Exclamó la señora Andrews que había escuchado el relato mientras observaba la pintura. Aparecía una figura masculina empuñando un cuchillo mientras con la otra mano dominaba a una figura femenina acostada en una cama. El señor Andrews leyó el final de la carta:

 

Solo espero que alguien lea esta carta alguna vez. Aunque, cuando llegue ese momento, esto ya sean solo historias del pasado. Y aquí digo, sin que me quede nada por dentro, que ese Bert Andrews es un desgraciado asesino que mató a la única mujer a la que jamás amé.

 

Pedro Rojas

 

El señor Andrew acabó de leer la carta.

–Qué de cosas –fue todo lo que dijo.

–Espectaculares las raíces nuestras…

“NO HA PASADO JAMÁS. NO ENTIENDO”

Tan sencillo como que existió un hombre que no podía soñar. Jesús no soñaba, ni dormido ni despierto; no tenía aspiraciones, ni deseos, ni ilusiones.

–Es hacer planes. Imagínate que yo quisiera ser directora de orquestas… –le explicaba su mejor amiga, Andrea.

–Pero es que no lo eres –interrumpió Jesús.

–Por supuesto, no lo soy. Entonces, me imagino siendo directora de orquestas y esa imagen de mí, dirigiendo, me motiva a estudiar música.

–Es que, Andrea, ¿cómo te lo vas a imaginar? No ha pasado jamás. No entiendo –dijo Jesús inclinándose hacia la mesa para coger maní. 

Andrea suspiró con cansancio. Habían tenido esa conversación incontables veces y no lograba que Jesús entendiera lo que era soñar.

–Disculpa, Andrea, pero eres la única persona a la que le tengo la suficiente confianza…

–No te preocupes –lo cortó Andrea–. Hasta que entiendas hablaremos de esto las veces que quieras. Pero ¿te puedes imaginar dirigiendo una orquesta?

–Claro que sí. Me puedo imaginar tocando guitarra, me puedo imaginar, ¿qué sé yo? Siendo pirata. El problema no es de imágenes, Andre, eso ya te lo he explicado. El problema es con ese bendito verbo llamado soñar.

 

Al rato, Andrea se fue. Debe quedar claro que nada había entre ellos dos, se conocían desde el colegio y siempre habían sido amigos. Jesús, salió al balcón de su apartamento , el Ávila ya había adoptado un tono morado. Apoyado en la baranda suspiró mientras veía al vacío y repasaba su conversación de hace un rato. Seguramente, Jesús, ni muerto, le hubiera gustado que se supiera que en ese momento lloró, pero aquí lo estoy contando para que entiendan que era algo que de verdad le causaba dolor. Vivía su día a día sin deseos e ilusiones. Sí se alegraba por sus logros presentes, pero le faltaba esa alegría del que antes lo había soñado, que es mil veces más grande, eso lo sabemos todos.

 

Un viernes, Jesús se levantó para ir al trabajo. Como siempre, se metió a bañar con música a todo volumen. Ese día, el aleatorio del iPod escogió la canción Moon river. Jesús sonrió, había olvidado que esa canción la había comprado alguna vez.

 

Esa tarde, al salir del trabajo y antes de irse a su casa, decidió parar en un bar a tomarse algo, no tenía planes para ese día y quería llegar cansado para dormirse de una vez. Entró a bar de la calle de su oficina, al que iba de vez en cuando con sus socios. Esa tarde estaba prácticamente vacío. El señor Paul, como siempre, estaba sentado al piano con un vaso de cerveza frente a él, tocando cualquier melodía melancólica. Jesús se sintió como un personaje más de la canción Piano man de Billy Joel. Se acercó a la barra y pidió un trago. Ya con el vaso en la mano, Jesús detalló el ambiente del bar ese día: solo había unas cuatro personas más. Dos mesas ocupadas por dos hombres cada una, que, al parecer, hablaban de trabajo. Jesús se dedicó a observar los licores de la repisa. No escuchó cuando unos tacones entraron tímidamente al bar y se dirigieron al piano. 

 

Estaba leyendo la etiqueta de una añeja botella de ron, cuando la ronca voz de Paul, el pianista, lo sacó de su ensimismamiento. Volteó y vio que una mujer estaba de pie junto al piano, sonreía tímidamente.

–Aquí me están pidiendo prestado mi piano… Esta linda dama me está pidiendo tocar una canción. Creo que escogió venir hoy porque sabe que no hay público –Paul hablaba dirigiéndose a Jesús y al barman, que rieron–. Nunca nadie me había pedido tocar, la verdad… Bueno, les presento a… ¿Cómo te llamas? Disculpa.

–Violeta –respondió la muchacha apenada. La verdad es que estaba arrepentida de haberle pedido el piano, de repente le pareció un arranque de locura.

–Bien, pues, aquí les presento a Violeta.

El señor Paul se levantó e invitó a Violeta a que se sentara a tocar. Jesús giró en su banco para poder ver a Violeta de frente, simple curiosidad, había ido a ese bar varias veces y nunca había pasado nada parecido. 

 

Sin saludar, por timidez, Violeta comenzó a tocar los primeros acordes de la canción Moon river, la que Jesús había escuchado esa mañana en la ducha y cantó, con una voz muy dulce:

 

Moon river, wider than a mile,

I’m crossing you in style someday(…)”.

 

Al terminar la canción, Violeta agradeció los escasos aplausos con una sonrisa y salió, sin más, del bar. La semana siguiente, Jesús volvió al bar todos los días. La siguiente, hizo lo mismo, luego del trabajo paraba unos veinte minutos en el bar, pero ella no volvió. 

 

Un día en el que Jesús caminaba del estacionamiento público al edificio donde quedaba su oficina, vio a Violeta al otro lado de la calle, trabajaba en el edificio de enfrente al que trabajaba Jesús.  Jesús cruzó la calle, no sabía ni qué haría ni qué le diría, pero tenía un mes yendo a un bar solo para verla de nuevo, no iba a dejarla pasar otra vez. Cruzó la calle y no se le ocurrió nada mejor que “tropezar” con ella. Para mala de suerte de Jesús, Violeta iba en tacones y se cayó. Jesús la ayudó a levantarse ofreciéndole su mano, verdaderamente avergonzado, Violeta la tomó. Cuando ya estaba de pie, Jesús se disculpó con la excusa de que iba distraído. Ella hizo un leve movimiento con la mano y Jesús se percató de que aún no se la había soltado, se disculpó de nuevo. 

–Oye, espera –fingió Jesús–. ¿No eras tú la que estaba en el bar el otro día? La que cantó Moon river.

 

Violeta se llevó la carpeta que sostenía a la cara, y ahora era ella quien estaba avergonzada. 

–¡No, no! ¿Por qué te da pena? Te quedó muy bien. Y esa es una canción que le gusta a todo el mundo…

Violeta le agradeció con un “gracias, pero, ay, no. Qué pena, qué pena”, mientras se llevaba una mano a la frente. 

 

Jesús no estaba dispuesto a dejarla ir de nuevo, así, sin más y, arriesgándose a que le dijeran que no, le pidió a Violeta su celular. Se llevó una sorpresa cuando ella le respondió “sí, vale” tranquilamente.

 

Esa tarde, al llegar a su casa, Jesús llamó a su amiga Andrea. 

–Andre, ¿qué fue? Mira, una pregunta, voy a invitar a una mujer a cenar, pero no quiero terminar, como siempre hago, en Antigua. ¿A qué sitio te gustaría que te llevaran?

–Obviamente a Veranda, Jesús… Pero esa soy yo, tú me conoces. No sé… Déjame pensar…

–Me parece que Veranda está bien. Gracias. Otra pregunta: si un tipo, en la primera salida, se te aparece con una rosa, ¿qué te parecería?

–Creo que me gustaría… ¿Te provoca darle una rosa en la primera cita? Estoy celosa, Jesús, a mí, de bromita, me regalas algo en mi cumple.

–Te prometo que en tu próximo cumpleaños te regalo algo… No sé si darle la rosa en su mano o dejársela en el asiento del copiloto… ¿Se verá muy mal si intento agarrarle la mano?

–¡Jesús! –Exclamó Andrea riendo– Pareces un niño de catorce años que va a salir por primera vez… ahí, planeando todo, ultra nervioso… Qué risa… Si supieras lo ilusionado que te oyes. Luego me tienes que contar cómo la conociste…

-Andre… –comenzó a decir Jesús, pero su voz se cortó.

–¿Qué pasó, Jesús?

–Dijiste que me oía ilusionado.

–Sí… es súper cómi… –Andrea no pudo acabar con la frase y se llevó una mano a la boca. Silenciosas lágrimas resbalaban por sus mejillas.

–¿Es esto, Andre? ¿Esto es lo que se siente tener una ilusión?

Andrea asintió, mientras se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano. Luego, captó que Jesús no la podía ver y le dijo, con la voz entrecortada:

–Sí, Jesús… Eso es.

Jesús se despidió de su amiga con un “te quiero” y salió rápidamente a la floristería.